Por vicisitudes de la vida, esta joya de la retrotecnología ha acabado en mis toscas manos. No puedo dejar de imaginar las historias que han transcurrido frente a la lente de este hito de la humanidad. Las mias son el cuarto par de manos que se posan sobre ella, y tiemblan ante la certidumbre de los más de 100 años que hace que alguien con unos ojos realmente curiosos ideó cada rincón de este objeto.
Pero la cámara en si no deja de ser un conjunto de ideas y materiales dispuestos con un objetivo, el de inmortalizar momentos importantes o no de las vidas de quien ha tenido la suerte de ponerse frente a el.
Son estos momentos, estas instantáneas que captan expresiones y sentimientos pretéritas las que dotan de importancia y trascendencia a la joya que en estos momentos admiro a mi lado con la vaga esperanza de que sea capaz de inspirarme, de transmitirme, alguna ínfima parte de todas las vivencias de las que ha sido mudo testigo.
La imagino persiguiendo la triste mirada de una pareja que, aun sin saberlo, presiente que va a ser separada por una de las peores manifestaciones humanas como es la guerra, generando la única imagen de esperanza y cordura que va a conocer uno de los dos anteriormente ilusionados jóvenes en los largos meses de horror y locura que le esperan.
O inmortalizando quizás el momento del inicio de una nueva vida, vida llena de gozo y esperanza, con una infinidad de vivencias, tristezas y alegrias, logros y fracasos, y, en fin con toda una vida en mayúsculas por delante.
Miro esta cámara y consigo curvar la línea temporal, me transporta al pasado, me hace más claro el futuro, me reconforta en el presente. El tiempo, parece ser, solo pasa porque nosotros así lo deseemos.
